Hay una anécdota de hace unos años, en unos mis viajes, donde tuve la dicha de experimentar de primera mano lo maravilloso de los momentos imprevistos y como estos pueden mejorar mucho una situación complicada.

Todo sucedió en el viaje de convivio que organizamos con mis amigos año tras año. El destino seleccionado: El volcán y laguna de Ipala, nuestro primer viaje relativamente largo y el cual ya he contado anteriormente por lo que solo daré los detalles necesarios para entrar en contexto.

Tras meses de discusiones para preparar y planificar todo, se llego el día del viaje con nuestro itinerario listo.

Si bien el viaje comenzó de forma amena se fue complicando al estar en el volcán. Conforme pasaban las horas y tras una serie de eventos desafortunados con el clima llegamos al punto de estar bastante decepcionados del viaje.

Llegado el atardecer bajamos de la cima con unos amigos a traer unas cosas del carro en el área del parqueo donde teníamos una hermosa vista al horizonte con un cielo despejado el cual contrastaba con el clima de la cima que estaba nublado y oscuro (los famosos microclimas).

Misma hora pero unos 200mts de diferencia

Después de aprovechar las vistas para tomar algunas fotos regresamos al campamento a dejar las cosas para luego volver a bajar y poder charlar un poco acerca de cómo nos había ido ese año y recordar anécdotas juntos. Para este punto nuestro itinerario no era más que un vago recuerdo.

Estando entre la confianza de mis amigos, un ambiente tranquilo y la nostalgia presente, pasamos hablando y riendo por varias horas como lo solíamos hacer en nuestros años de bachillerato.

Por un momento nos olvidamos de todo lo sucedido anteriormente y nos dejamos llevar por la conversación, (no se si han experimentado ese placer de hablar con alguien con total confianza) hasta darnos cuenta que había anochecido y encima estábamos ante un cielo estrellado donde se podía divisar Marte con su tono rojizo y donde vimos pasar la Estación Espacial Internacional.

Ese momento cambió por completo la experiencia del viaje y me recordó que por mucho que se planifique cada detalle siempre habrá cosas que se salen de tu control y lo mejor es no estresarse por eso, en cambio se debe disfrutar de esos pequeños momentos imprevistos que pueden llegar a ser inolvidables.

Por mucho que se planifique cada detalle siempre habrá cosas que se salen de tu control

Seguimos hablando unos minutos más hasta que los guardabosques nos recomendaron subir al campamento para no molestar a los pobladores del lugar.

Si bien esa noche no pude dormir por las malas condiciones climáticas, seguía pensando en esos momentos que habíamos pasado previamente y que a día de hoy recuerdo con especial cariño por hacer que valiera la pena el viaje.

En ocasiones hay que dejar que la vida te sorprenda.